En la década de 1920, con la producción en serie del automóvil, la movilidad motorizada inició su avance imparable en todo el mundo. Especialmente en Europa y Norteamérica, el coche se convirtió en un nuevo símbolo del progreso técnico y la modernización social. Sin embargo, la infraestructura vial aún se encontraba en una fase inicial de desarrollo, y los vehículos solo disponían de sistemas de frenado y alumbrado básicos.
En las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial, el automóvil dejó de ser un bien de lujo para convertirse en un medio de transporte de masas. Muchos países pusieron entonces en marcha ambiciosos programas de infraestructura para construir o ampliar sus redes de carreteras. Con la creciente globalización a partir de la década de 1980, numerosos países emergentes, como China e India, alcanzaron también mayores niveles de motorización, mientras que en los países industrializados comenzaron a manifestarse los primeros problemas derivados del tráfico masivo. La congestión, la contaminación atmosférica y los accidentes contribuyeron a una creciente conciencia sobre los costes sociales y ecológicos de la automoción.
El siglo XXI marca un profundo cambio en la movilidad, y desde entonces se presta mayor atención a cuestiones como la digitalización, la protección del clima y los nuevos conceptos de uso. Las opciones de movilidad compartida, la micromovilidad y la gestión digital del tráfico ganan cada vez más protagonismo. Sin embargo, mientras los países industrializados avanzan hacia modelos de movilidad totalmente automatizados y conectados, muchos países del sur global siguen enfrentándose a retos muy distintos.